Historia

Vista panorámica de la localidad desde el antiguo camino a Benabarre

Montañana es un pueblo ribagorzano sito al sur de Arén, en el valle del río Noguera Ribagorzana y a 616 m de altitud. Se ubica a escasos dos kilómetros hacia el noroeste de Puente de Montañana y la N 230. Declarado Bien de Interés Cultural en su calidad de Conjunto Monumental desde 1984. Montañana es todo un mundo. Un universo que lleva hasta la Edad Media.

Deambular por sus calles, adentrarse en su núcleo a través de su primera calle terminada en un pasadizo, tras el cual se llega al barranco de San Juan delimitado por una hilera de casas y al puente medieval que lo salva, para, a continuación, traspasar sendos pasadizos sobre los que se elevan sus correspondientes casas, y de donde parten las distintas calles que se despliegan por la ladera del montículo con sus viviendas aún conservadas, descubriendo sus orígenes prácticamente medievales, transporta al espectador a otros tiempos.

En su conjunto prevalece el carácter medieval que le imprimen sus dos iglesias románicas, los restos de varios torreones defensivos apostados en lo alto, murallas decadentes, rampas atravesando portalones de recia fábrica que evocan las distintas fases de su razón histórica. hasta un promontorio cortado casi a pico por tres de sus lados, en donde se levantan los restos de su primitivo castillo y la fábrica de la iglesia de Nuestra Señora de Baldós.

Los orígenes de Montañana

Detalle escultórico del ayuntamiento recuperado de la ermita de San Miguel

Las primeras noticias de las que se tienen referencia se remontan al siglo X, hacia 990, cuando en el cartulario de Alaón se cita la existencia del castro cristiano de Montañana. Allí, bajo el lugar denominado San Martín, aquel monasterio obtenía una tierra, donación del matrimonio Biator y Menosa; y poco después recibía más tierra y villas dispersas por territorios del mismo castro, fruto de la generosidad del presbítero Barón.

Dicho topónimo de San Martín haría alusión, con toda seguridad, al lugar de emplazamiento del primitivo castro, del que formaría parte la torre cilíndrica cuyos restos aún siguen en pie, detrás de la actual iglesia de Santa María o de Nuestra Señora, cuyo suelo debió de servir de base a la iglesia dedicada en honor a San Martín por el obispo Borrell de Roda en 1026, y que fue levantada a expensas del conde Ramón de Pallars, a quien entonces pertenecía el feudo.

Aún es más, dicha torre con la inseparable ermita con la que siempre contaban e iban emparejadas, sustituida ésta posteriormente por la actual, fueron el germen de Montañana, los primeros edificios aquí levantados, en lo más alto del promontorio rocoso, para favorecer la defensa de este entorno y para, con el paso del tiempo, dar lugar al nacimiento de un nuevo pueblo.

Pero es en el XI cuando empieza a cobrar mayor importancia, centuria en la que formaba parte de la línea defensiva que de un lado a otro recorría el Pirineo con el fin de propiciar y consolidar la reconquista. Esa línea conformada, principalmente, por una sucesión casi infinita de torres vigía y comunicación, de las que formaba parte lo que hoy subsiste de la torre de la Mora, así llamada por encontrarse en el inicio del camino que conduce al deshabitado de La Mora de Montañana.

El obispo de Roda tuvo en Montañana algún derecho más que la simple jurisdicción episcopal, al menos la décima del capmanso de Guillermo Guillén, donación de Rodegario, su madre Sicardis y esposa Sancha, en mayo de 1132. La pertenencia del castro de Montañana a los condes de Pallars fue un hecho circunstancial, siendo recuperado por Ramiro I de Aragón, al igual que el de Tor, ya que aparece vinculado a la corona aragonesa en 1068, durante el reinado de Sancho Ramírez, entre cuyos tenentes figura Bertrán Ato de Montañana.

Una nueva plaza para irse asentando población, que contó a partir de las centurias siguientes con los favores de una serie de actores de gran influencia, en especial durante los siglos XII y XIII. Son los momentos cuyo devenir histórico está controlado por los condes de Pallars y, seguidamente, por la corona aragonesa. Son esos años en los que tuvo gran dependencia del cercano monasterio alaoense, sin olvidar la fuerte presencia e influencia de las órdenes del Temple –templarios– y del Hospital –hospitalarios-.

Los siglos de pujanza

Ermita de San Juan (siglos XII-XIII)

Con los reyes de la Corona de Aragón el castro de Montañana representó un destacado papel; y a ello se debe el que a sus tenentes Berenguer de Montañana y esposa Felisa les fuese encomendado el de Lumberre (o Lumbier) cerca de Graus, por Alfonso II, en 1177, declarándose su protector, si bien no se sabe el motivo que impulsó a este monarca al asedio del castillo en 1190.

Al restablecer Jaime II el condado de Ribagorza y enfeudarlo en la persona de su hijo el infante don Pedro, el castillo de Montañana, junto con los más importantes del condado (Fantova, Fals, Viacamp, Arén y Estupiñán), quedaron hipotecados y a merced de la voluntad del soberano, por lo que fue posesión de Arcadio de Mur junto con los de Arén y Chiriveta.

Los caballeros de Montañana debían rendir homenaje y prestar el habitual servicio exigido a la nobleza del reino, a saber, un caballo armado en tiempo de guerra; y en su virtud Gombaldo de Montañana tomaba parte en el cerco de Pons en 1278, y Bernardo de Montañana era convocado por real orden de Pedro III a rechazar la próxima invasión francesa en 1285, costumbre que seguía vigente en el siglo XVI, cuando los mismos vecinos de Montañana reconocían el derecho condal al uso del tal caballo en caso de conflicto bélico, junto con la obligación de guardar la torre con un mastín. La tradición castrense de Montañana subsistió por mucho tiempo; y de sus carlanías, ya citadas en 1321, se sabe que eran cuatro en 1549, las cuales fueron disueltas en 1718.

La presencia de los templarios a lo largo del siglo XIII parece confirmarse por el nombre de Guillermo de Montañana, gran maestre de la orden en Provenza, Aragón y Cataluña entre 1258 y 1260 por lo menos, y es segura la estancia de los hospitalarios de San Juan que, favorecidos por el testamento de Arnaldo Mir de Pallars, adquirieron derechos en Arén, Castigaleu y Montañana, donde la orden erigió encomienda a la que se adjudicaron los lugares de Chiró y La Almunia de San Lorenzo, seis casas en Luzás y la cuadra de Vives cercana a Tamarite.

En el mismo Montañana, el prior de San Juan percibía el diezmo de todos los frutos allí recogidos y la mitad de la lezdca del lugar. A raíz de una visita que unos comisarios del Hospital hicieron a Montañana el 12 de marzo de 1662, su comendador Miguel de Caldas hizo valer el derecho de colación y presentación que les correspondía para la provisión de la iglesia de aquel priorato, es decir, la iglesia de San Juan.

Aparte de los poderes de toda índole que las órdenes militares ejercieron en el lugar, la jurisdicción episcopal correspondía a la mitra de Urgell, que detentó hasta que en 1956 el programa de supresión de enclaves eclesiásticos, acordado por la Santa Sede y el gobierno español, transfirió la parroquia a la sede leridana, estando en la actualidad adscrita a la de Barbastro-Monzón.

Finalmente, si bien no existen documentos que ayuden a clarificar el origen y circunstancias de las dos iglesias que Montañana posee, la parroquial en lo más alto dedicada a Nuestra Señora de Baldós y la ermita de San Juan Baustista en el valle, la cronología que sugieren sus formas y la calidad técnica parece coincidir con el momento de esplendor feudal apuntado.

Del declive al abandono

Restos de la torre de la Mora (siglo XI)

Esta situación alcista, de gran relevancia, se mantuvo hasta finales del XV e inicios del XVI, es decir, hasta los postreros instantes de la Edad Media y los que daban comienzo a la Moderna, como reflejan los inmuebles que han llegado hasta nuestros días. A partir de entonces, Montañana llevó un discurrir cotidiano entre olivos y vides, esperando ese declive que poco a poco se iba desarrollando hasta llegar a la segunda mitad del siglo XX.

Montañana se mantuvo durante siglos, hasta que llegaron los tiempos marcados por los embates de la despoblación. Ese despoblamiento acusado en numerosos núcleos del Alto Aragón y de otras zonas de montaña, aquí más notorio. Además de las causas genéricas sobradamente conocidas, en este caso por la conclusión de las obras hidroeléctricas de la zona, que propiciaron la vida, años en los que los habitantes pudieron ganarse un sueldo.

A la vez, los vecinos se fueron concentrando en el nuevo núcleo ribereño de Puente de Montañana, que incluso terminó dando nombre al municipio, y la villa original quedó casi deshabitada. En el más profundo silencio las calles otrora, desde la Edad Media, bulliciosas por los muchos avatares vividos en Montañana.

Pocos años habían transcurrido desde ese forzoso y doloroso éxodo de sus habitantes. Y, sin embargo, a finales de la década de los setenta ya presentaba esa característica pátina, producto del paso inexorable del tiempo y del ingrato olvido. Pero, pese a ello, a su decadencia, a su inevitable –en esos momentos– y ya acusada ruina, ofrecía una imagen inolvidable, esa visión romántica que de siempre han ofrecido determinados edificios o conjuntos.

La restauración

Pinturas góticas del interior de la iglesia de Nuestra Señora de Baldós

La protección del lugar como Conjunto Monumental fue el primer paso para rehabilitar y recuperar el conjunto. Primero, directamente por el Gobierno de Aragón y desde 2014 a través de la Fundación Montañana Medieval, una entidad en la que también participan para poner en valor y promocionar el lugar en la que junto al Ejecutivo también participan Ibercaja, el Obispado de Barbastro-Monzó, el Ayuntamiento de Puente de Montañana, la Comarca de la Ribagorza y la Unión Europea.

Los trabajos comenzaron en 1997 con el apuntalamiento de la iglesia de Baldós y de la ermita de San Juan, y se continuaron en 1999, con la restauración completa de San Juan y el inicio de las labores de rehabilitación de todo el conjunto, que todavía continúan.

Algo más de veinte años después del inicio de su paulatina despoblación e imparable ruina se iniciaban los trabajos para devolver la fisonomía original a este lugar, para que vuelva a ser en toda su integridad y a mostrar ese fósil que es de la Edad Media, por cuanto hasta el siglo XXI ha llegado sin apenas variaciones desde aquellos lejanos tiempos. Unos trabajos realizados para que Montañana vuelva a la vida y deje de ser un pueblo semideshabitado, con los que salvar su trama y fisonomía medieval, además de sus edificios de dicha época histórica. Para que Montañana, en definitiva, vuelva a ser un sorprendente y disfrutable enclave medieval.

José Luis Acín, “Montañana, enclave medieval”. Prames, 2014